Hay preguntas que parecen simples hasta que
uno decide responderlas con honestidad. ¿Por qué un blog? Podría decir que por
una tarea académica —que así es en origen—, por un requisito profesional o
porque “es lo que se hace desde que comenzó este siglo”. Pero la verdad —la de
fondo, la que me ha acompañado desde niño— es otra: este blog existe porque
escribir siempre fue una manera de entenderme y un intento por dejar huella
antes de que pase la vida.
Mi historia con los computadores comenzó en los años ochenta, gracias a mi padre. En casa convivíamos con disquetes de 5¼, floppy disks de 3.5”, el sistema DOS y una colección de programas que, para un niño, eran puertas a distintos mundos. Entre simuladores, juegos de habilidad y aventuras en pixeles, también contaba con unas herramientas muy valiosas: WordStar, Lotus 1-2-3 y Banner.
Con Banner hacía letreros interminables que
salían de la impresora de matriz de punto, encadenados por esas hojas de formas
continuas que parecían pergaminos modernos. Hacia letreros para toda ocasión:
desde celebraciones hasta exposiciones del colegio. La pobre impresora trabajó tanto que un día
terminó fundida. Su arreglo, le costó a mi padre, más que dos navidades mías seguidas…
ese fue el final de mis letreros.
En Lotus 1-2-3 fabriqué mi primer y único periódico “El Matiné de la Semana”, impreso por ambas caras, ilustrado con dibujos hechos a punta de teclas y trazos lineales simples —lo que el programa permitía—. Lo vendía —con la solemnidad de un niño emprendedor— a mi mamá y a mi papá los lunes por la mañana con secciones que contenían fragmentos de sucesos de la semana recién pasada. Los dos ejemplares que vendía me significaron buenas onces a la hora del recreo al menos por dos días que duraba esa dicha —de resto era la lonchera que luego en la adolescencia paso a ser una talega entre la maleta—.
Pero fue con WordStar, el procesador de texto de la época, donde realmente descubrí el embrujo —y no el de un "exprersi" de mi país—. Allí escribía lo que yo llamaba “cuentos poéticos” de amor, cuentos dedicados: pequeñas escenas de amor, fantasía y exploración en las que las musas de la infancia y yo recorríamos ciudades imposibles, playas soñadas, paraísos urbanos inventados a punta de revistas, películas y deseos. Horas y horas frente a la pantalla naranja, escribiendo como quien juega entre rimas y prosa, versos y párrafos… aunque sin saberlo, estaba empezando algo que siempre estuvo destinado a volver.
En la adolescencia, la relación con el
computador se enfrió. Windows 95 llegó, con su Office lleno de facilidades,
pero ya solo lo usaba para tareas escolares. Me perdía, eso sí, en las visitas
guiadas de Encarta y en sus mundos comprimidos en un CD-ROM, pero la escritura
quedó guardada en un cajón.
Crecí bajo la sombra amable —y a veces pesada— del poeta Julio Flórez Roa. Por nombre y afinidad, la escritura siempre estuvo en mi entorno, esperándome con paciencia. Y aunque leía y escribía, nunca concreté ese anhelo de crear algo que se sintiera “libro” u “obra”.
Hasta que en la universidad alguien, en un intercambio de amigos secretos, la persona que me tenia me regaló "El oficio de escritor", de Ana Ayuso. Ese libro me encontró, más que yo a él. Lo devoré sin respirar. Era como si Ana Ayuso me dijera en voz baja: escribir no es un destino, es un oficio, un ejercicio cotidiano, un espacio propio.
Aun así, mil excusas se interpusieron entre esa revelación y la acción. Creé un blog en aquellos años, motivado por la novedad digital… pero nunca escribí la primera entrada. El tiempo siguió, con sus ritmos y silencios, y la creatividad quedó suspendida en algún rincón.
Este año que casi termina determino el giro. Uno de mis productos académicos en el SENA era crear un blog en inglés con un mínimo de cuatro entradas. Lo que comenzó como un requisito terminó revelándose como algo más profundo: el eje, la pieza que faltaba, la piedra angular de lo que quiero dejar como legado. Volví al libro de Ana Ayuso, lo abrí con la misma emoción, y allí entendí que estaba listo para retomar el camino, sin que eso signifiqué limitarme. No olvidemos que, en estas épocas, el discurso es multimodal.
Este blog —este que ahora lees— nace de esa mezcla de pasado, presente y futuro.
De la nostalgia por los disquetes.
De la ternura por mis cuentos poéticos infantiles y aquellos efímeros romances.
De la admiración por quienes ejercen con rigor el oficio de escribir.
Y de mi necesidad, humilde pero firme, de no dejar pasar la vida sin decir algo.
No me considero escritor, ni posaré de uno. Respeto profundamente a quienes hacen de las palabras su oficio. Yo, más bien, me reconozco como un artista ecléctico, alguien que necesita explorar todas las formas de expresión antes de que se acabe el tiempo. Este blog no es un diario: quizá una bitácora, quizás memorias. Quiero que sea un espejo para quien lo lea, y un recordatorio para mí mismo de que no debemos quedarnos con las ganas. Si algo de lo que escribo aquí logra reflejar una chispa en el espejo del otro, entonces valió la pena la travesía.
Aquí comparto mis errores, mis aprendizajes, mis búsquedas y mis intentos. Lo hago porque escribir —me lo enseñaron Ana Ayuso, mi infancia y mi vida entera— es una forma de acompañarnos. Gracias a los maestros, a las cartillas de la infancia, a las planas del colegio, a la revista de Condorito, a mis padres.
Y porque, al final del día, todos necesitamos un lugar donde decir: “Hoy avancé. Hoy cumplí con mi oficio y me sentí satisfecho”.
Postdata: Tarde horas y "prompts" y bocetos y
mezclas de uno y otro resultado, tratando que la inteligencia artificial conjugada con otras herramientas, lograra recrear la imagen exacta de como yo recordaba el lugar en que pase tantas
horas entre los años 1987 y 1993. Y aunque era “un clon”, ese pc era la maquina “top” de
mi lugar favorito por aquella época. A esa valiosa mujer que me obsequio el libro en años de universidad, un abrazo eterno y mi gratitud infinita: no existen casualidades.

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